lunes, 5 de enero de 2009

Las rosas de Portia


Había una rosa roja en su ventana, una rosa más.  Ya tenía tantas que en cierto modo le molestaba, pero al mismo tiempo le gustaba recibir aquellos regalos de alguien que había allí fuera.

Nunca le daba tiempo a verlo, sólo podía verlo alejarse, sabía que nunca se despertaba antes y era tan rápido que no le daba tiempo.

 
El día transcurrió sin más, en su trabajo seguía pensando en su admirador, su “regalador de rosas”. Lo imaginaba un chico alto y moreno, eso si lo sabía, pero no acertaba a ponerle un color de ojos o una sonrisa.

De repente tuvo que despertar de su sueño, un nuevo cliente había entrado a la tienda. Era un chico de tez muy blanca que entro con una gabardina pese a que el día había amanecido claro, aún así estaban en febrero y hacía frío, allí siempre hacía frío incluso en verano.

Era un chico más bien alto, que escondida sus ojos tras unas gafas de sol, simplemente preguntó por un par de productos con una enorme sonrisa que dejó a Portia con la boca abierta y cuando se dio cuenta deseó que la tierra se la tragase.

Era tan guapo, que ojos debía tener para esconderlos tras esas gafas, pero al irse… ¿Era él? El extraño amante de las flores, lo parecía, aunque al salir de la tienda a comprobarlo ya era demasiado tarde.
Esa mañana no hubo rosa, se sintió apenada, llevaba ya tantas semanas recibiendo rosas en su ventana que era ya casi una costumbre.

Fue a trabajar casi como una zombi sin desayunar. Al volver a casa se dio cuenta que había estado tan ensimismada con las rosas que había olvidado las llaves dentro de casa, intentó saltar, trepar a su ventana pero resbaló y cuando ya pensaba que se iba a caer y a romper alguna costilla alguien la cogió.

Se quedó de piedra cuando vio que el chico que la agarraba con manos frías como el hielo era el mismo chico que vio un día antes en su tienda de música, no se lo podía creer. Cuando aún no había salido del estupor vio al chico trepar como si fuera un gato y al momento le abrió la puerta saliendo él de la casa.
-¿Cómo te llamas?- Le preguntó Portia un poco por no saber que decir y otro poco por curiosidad.
-Me llamo Mael, que para los celtas significaba príncipe-
-Oh, vaya, qué nombre tan bonito, yo soy Portia, que significa ofrenda, ya ves no eres el único que sabe el significado de su nombre.
Por un momento el aire dejó de correr y parecía que el tiempo se había parado.

Tras una breve charla, ella agradecida, lo invitó a pasar a casa por si quería beber o algo…

-No gracias, Portia, hoy ya comí, no tengo sed-

Eso fue algo que la dejó helada puesto que le encantaba todo lo relacionado con el misterio y había visto algo raro en los ojos de aquel chico, esta tarde brillaban con fuerza, unos ojos preciosos que hipnotizaban.

Sabía que era su chico de las rosas pero ¿Cómo preguntárselo? Y casi sin darle tiempo él le contestó, como leyéndole el pensamiento que esta mañana no le había traído una rosa porque se dio cuenta que la belleza de las rosas que él le dejaba en su ventana no hacían más que quedarse muertas ante su belleza.
Las rosas desaparecieron pero fueron empezando las visitas, había veces que tardaba dos días en aparecer y cuando volvía sus ojos parecían estar llenos de vida otra vez, Portia sabía que se estaba enamorando de un vampiro, nunca pensó que fueran reales, pero ¿Qué más daba? Estaba sola, sus padres murieron siendo ella niña y su abuela que compartía su afición al misterio había fallecido hacía unos años. No corría peligro puesto que si hubiese querido matarla lo habría hecho, pero debía decirle que lo sabía, le fascinaba verlo cada día entrar por su tienda.
No esperó más y confesó

–Mael, lo sé, se lo que eres, sé que si hubiese querido hacerme daño ya lo habrías echo-
Él callado por un momento le respondió

–Tu abuela era lista, y tenía razón sobre ti, eres más bella de lo que me dijo, y sé que estás sola, solo vine a hacerte compañía pero… sé que pasarán los años y no aguantaré que me pase como con Zyania, no quiero ver como la mujer que amo se marchita como una rosa sin poder hacer nada, Portia te amo, como quise a Zyania… déjame que te haga mi compañera, no soportaría verte morir como hice con ella-
Al instante Portia comprendió que las historias que le contaba su abuela sobre vampiros eran ciertas, que su querido Mael fue aquel vampiro que tanto la amó, convirtiéndolo ella en un precioso cuento de amor.

Mael no lo pensó más y Portia se dejó caer en sus brazos para convertirse por siempre en su compañera, para poder ser libre junto aquel que un día le regaló rosas…por toda la eternidad.

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