
Había una rosa roja en su ventana, una rosa más. Ya tenía tantas que en cierto modo le
molestaba, pero al mismo tiempo le gustaba recibir aquellos regalos de alguien
que había allí fuera.
Nunca le daba tiempo a verlo, sólo podía verlo
alejarse, sabía que nunca se despertaba antes y era tan rápido que no le daba
tiempo.
El día transcurrió sin más, en su trabajo seguía pensando en su admirador, su
“regalador de rosas”. Lo imaginaba un chico alto y moreno, eso si lo sabía, pero
no acertaba a ponerle un color de ojos o una sonrisa.
De repente tuvo que despertar de su sueño, un nuevo
cliente había entrado a la tienda. Era un chico de tez muy blanca que entro con
una gabardina pese a que el día había amanecido claro, aún así estaban en
febrero y hacía frío, allí siempre hacía frío incluso en verano.
Era un chico más bien alto, que escondida sus ojos
tras unas gafas de sol, simplemente preguntó por un par de productos con una
enorme sonrisa que dejó a Portia con la boca abierta y cuando se dio cuenta
deseó que la tierra se la tragase.
Era tan guapo, que ojos debía tener para esconderlos tras
esas gafas, pero al irse… ¿Era él? El extraño amante de las flores, lo parecía,
aunque al salir de la tienda a comprobarlo ya era demasiado tarde.
Esa mañana no hubo rosa, se sintió apenada, llevaba ya tantas semanas
recibiendo rosas en su ventana que era ya casi una costumbre.
Fue a trabajar casi como una zombi sin desayunar. Al
volver a casa se dio cuenta que había estado tan ensimismada con las rosas que
había olvidado las llaves dentro de casa, intentó saltar, trepar a su ventana
pero resbaló y cuando ya pensaba que se iba a caer y a romper alguna costilla
alguien la cogió.
Se quedó de piedra cuando vio que el chico que la
agarraba con manos frías como el hielo era el mismo chico que vio un día antes
en su tienda de música, no se lo podía creer. Cuando aún no había salido del
estupor vio al chico trepar como si fuera un gato y al momento le abrió la
puerta saliendo él de la casa.
-¿Cómo te llamas?- Le preguntó Portia un poco por no saber que decir y otro
poco por curiosidad.
-Me llamo Mael, que para los celtas significaba príncipe-
-Oh, vaya, qué nombre tan bonito, yo soy Portia, que significa ofrenda, ya ves
no eres el único que sabe el significado de su nombre.
Por un momento el aire dejó de correr y parecía que el tiempo se había parado.
Tras una breve charla, ella agradecida, lo invitó a
pasar a casa por si quería beber o algo…
-No gracias, Portia, hoy ya comí, no tengo sed-
Eso fue algo que la dejó helada puesto que le encantaba todo lo relacionado con
el misterio y había visto algo raro en los ojos de aquel chico, esta tarde
brillaban con fuerza, unos ojos preciosos que hipnotizaban.
Sabía que era su chico de las rosas pero ¿Cómo
preguntárselo? Y casi sin darle tiempo él le contestó, como leyéndole el
pensamiento que esta mañana no le había traído una rosa porque se dio cuenta
que la belleza de las rosas que él le dejaba en su ventana no hacían más que
quedarse muertas ante su belleza.
Las rosas desaparecieron pero fueron empezando las visitas, había veces que
tardaba dos días en aparecer y cuando volvía sus ojos parecían estar llenos de
vida otra vez, Portia sabía que se estaba enamorando de un vampiro, nunca pensó
que fueran reales, pero ¿Qué más daba? Estaba sola, sus padres murieron siendo
ella niña y su abuela que compartía su afición al misterio había fallecido
hacía unos años. No corría peligro puesto que si hubiese querido matarla lo
habría hecho, pero debía decirle que lo sabía, le fascinaba verlo cada día
entrar por su tienda.
No esperó más y confesó
–Mael, lo sé, se lo que eres, sé que si hubiese querido hacerme daño ya lo
habrías echo-
Él callado por un momento le respondió
–Tu abuela era lista, y tenía razón sobre ti, eres más bella de lo que me dijo,
y sé que estás sola, solo vine a hacerte compañía pero… sé que pasarán los años
y no aguantaré que me pase como con Zyania, no quiero ver como la mujer que amo
se marchita como una rosa sin poder hacer nada, Portia te amo, como quise a
Zyania… déjame que te haga mi compañera, no soportaría verte morir como hice
con ella-
Al instante Portia comprendió que las historias que le contaba su abuela sobre
vampiros eran ciertas, que su querido Mael fue aquel vampiro que tanto la amó,
convirtiéndolo ella en un precioso cuento de amor.
Mael no lo pensó más y Portia se dejó caer en sus
brazos para convertirse por siempre en su compañera, para poder ser libre junto
aquel que un día le regaló rosas…por toda la eternidad.
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