miércoles, 6 de junio de 2018

Una historia de amor maternal







Os voy a contar una historia de amor maternal, una historia sobre el amor de una madre adoptiva que llegó a ser dañino, sobre todo, para ella...
Siempre me gustó que ella me contara cosas de su hijo, de cuando fueron a por él a Valencia, cuando lo adoptaron allá por el 1978. Años después me enteré que era un "niño robado" o eso decían.
Me contó muchas veces cuando lo trajeron a casa, que su nombre se lo pusieron por un actor de películas del oeste que a su padre le encantaban, me contaba que todo el pueblo se enamoró de ese niño de pelo negro, todos lo querían mucho, sobre todo su madre. Me contaba también mil y una veces que ella fue quien limpió sus primeras cacas, las negras, decía ella, el meconio. Que él jamás quiso saber sobre su pasado, que lo abandonaron, que lo dieron sin más. Y creo que eso le afectó, y tanta sobreprotección...
Ella siempre tenía palabras bonitas para su hijo, su niño, el que heredaría sus casas, sus tierras, el que les ayudaría con el campo, el que cuidaría de ellos cuando fueran mayores. Qué equivocada estaba mi pobre mujer. Siempre me sacaba fotos de cuando era pequeño, es más aún conservo una de su comunión casi 17 años después de que me la diera.
Él siempre iba limpio, perfumado, con ropa buena, ropa perfectamente planchada, chaquetas buenas. Nunca lo veías mal afeitado, nunca llevaba una sola mancha en la ropa. Se veía tan bien siempre. Se notaba que su madre estaba preocupada por el aspecto de su amado hijo y siempre decía una frase que, aunque os suene machista, ahora yo le repito a mi marido: Si un hombre va sucio, mal peinado, mal vestido o sin arreglar, las culpas siempre irán a la mujer, o en este caso, a la madre. Me lo dijo tantas veces que se me quedó grabado y en parte tenía razón porque así es la sociedad en la que vivimos.
Recuerdo cuando empecé a ir a su casa, yo tenía apenas 15 años, su hijo tenía ya 21. Siempre me decía que era muy joven, que vestía mal, que no me arreglaba. Entonces me molestaba, hoy en día quiero pensar que solo quería protegerme. Siempre fue amable conmigo, muy recta, muy madre y eso es algo que jamás olvidaré.
Creo que sobra decir que su hijo fue mi primer novio, aquel que conocí una noche, por el cual me interesé durante unas semanas y recogí información suya y el cual, al final, me acabó encontrando porque también me había estado buscando. Todo tan romántico, tan bonito... Al principio... Pero no quiero hablar de nuestra relación, no, hoy me apetecía hablar de esa madre...
Esa mujer vivió el no poder tener hijos, el adoptar a su hijo y protegerlo. Vivió el que su marido enfermara y perdiera la cabeza, de ser un hombre de campo, activo, amable, risueño, un buen padre, pasó a ser un hombre sentado en el sillón, al cual le escondían las herramientas del campo y las tijeras de podar por si se le iba la cabeza, al cual encerraban bajo llave en casa si se tenían que ir para que no se escapara. Tenía sus momentos de lucidez, y era un amor.
Aguantó que su hijo le gritara, le rompiera cosas, le robara, le mintiera, y podría seguir... Pero siempre fue su hijo, su amor.
Esa mujer, hoy por hoy, tiene todos mis respetos y aunque yo no acabara con su hijo como nos habría gustado, siempre la tendré presente.
Todavía recuerdo el día que la llamé, tras 5 años con su amado hijo, cuando me armé de valor para dejarlo y le conté que habíamos terminado. Le dije que lo sentía mucho pero que había roto con él. Me pidió por favor que no lo hiciera, que lo pensara, que por qué … Ella sabía perfectamente por qué, ya que lo vio, lo vivió, lo tapó y lo sufrió. Y sabía que si yo lo dejaba, él volvería a vivir con ella. No sé si aguantaría o no, yo solo sé que hui, pero no hubo un solo día que no la recordara y sé que ella a mi también. Dijo en el pueblo que ojalá su hijo me hubiese mantenido a su lado, que de saber que me iba a ir me habría atado con cadenas a su casa, que su hijo no iba a encontrar a nadie así, porque no podía, era incapaz de respetar y me consta que así sigue.
No sé que será de ella hoy, ni siquiera sé si vive, sé que su marido murió y me habría gustado llamarla pero no me atreví y llamé a su sobrina. Me gustaría mucho decirle que gracias a ella aprendí muchas cosas, crecí, maduré, y supe lo que era el amor incondicional de una madre, que aunque supiera lo que era su hijo, ella lo amaba más que a su propia vida.
Otro día, a lo mejor, me animo a hablar de él, aunque bueno, lo pasado, pasado está.